El presidente de la Corte Suprema se preocupa por la xenofobia

El Cuarto Piso de Talcahuano 550 fue sede el ùltimo lunes del acto de apertura del 61° período extraordinario de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Carlos Rosenkrantz, presidente de la Corte Suprema, brindó el discurso inaugural, en el que procuró que entre los miembros de ambos cuerpos intercambien puntos de vista «sobre el estado actual del sistema de protección de los derechos humanos en la región y en Argentina».

«Creo que este tipo de intercambios entre jueces, sean de la misma jurisdicción o de jurisdicciones diferentes, es extremadamente valioso. Es una forma de superar un paradigma anticuado en el que cada juez delibera en soledad, aseguró el supremo, ante un auditorio en el que estaban presentes los integrantes del tribunal internacional, jueces federales y el ministro de Justicia, Germán Garavano.

Tras recordar los avances en materia de protección de derechos humanos, con el reconocimiento constitucional que se hizo en materia de incorporación de tratados internacionales, desarrollo del cual participaron integrantes de la Corte, como Juan Carlos Maqueda y Horacio Rosatti como convencionales constituyentes,

 

Admitió también que hubo avances sociales de gran magnitud, pero a su vez puso foco en los desafíos que tienen por delante, especialmente en el contexto sociopolítico internacional.

«Los desafíos, sin embargo, no son solo teóricos sino políticos también», aclaró Rosenkrantz, que recordó que. Philip Alston, que fue Rapporteur especial de las Naciones Unidas sobre Pobreza Extrema y Derechos Humanos, «llamó la atención ya en una conferencia en 2016 sobre cómo los derechos fundamentales se han convertido en un blanco fácil de ataque».

El presidente de la Corte atribuyó esa circunstancia «al hecho de que, en el mundo, están creciendo los regímenes nacionalistas extremos, la misoginia y la xenofobia que se articulan, justamente, negando los derechos humanos».

Para Rosenkrantz, las razones son porque su convicción central «es que nuestra común humanidad no es suficiente para determinar qué es lo que podemos esperar del estado y de los demás. Para estos movimientos radicales, lamentablemente, para ser sujeto de derechos hace falta ser parte de una nación, un género o una raza».

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